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Maneras de contar un mundo 26

 

Maneras de contar un mundo

Reunidas por el cariño definitivo hacia los libros (en todos sus formatos), las escritoras Genoveva Arcaute, Fernanda Castell, Sandra Cornejo y Silvia Montenegro trazan aquí (o ponen en cuestión) algunas de sus razones y búsquedas literarias.

 

 

Con caminos particulares, diversas en sus gustos y estilos, hacen pie en una certeza común: aquello que perdura nada tiene que ver con las modas o los escenarios. Ni cofradía ni grupo, nacidas o no, crecidas o no en el contexto de una ciudad

paradójica como es La Plata (cada vez más abierta y multiforme), se juntaron para desentrañar el reverso de la escritura, los métodos, el procedimiento, el origen de una elección (o no) en la elaboración de la propia voz.

 

 

Aquí La Plata suma sus experiencias como una simple muestra de lo que hay hoy por hoy en las letras platenses y hace de esta nota un espacio que promueve el diálogo y la convivencia desde el hecho artístico.

 

La poesía, por qué ?

 

Sandra Cornejo

 

Como un espíritu afín (un huésped, diría el poeta polaco Milosz), la poesía alguna vez se instala en nuestras vidas y desde ese momento permanece. Es ese continuum de lo poético lo que me conmueve y me lleva a confiar indefinidamente en el gesto decisivo de un poema. Su presencia, el tempo que re-crea, su estado, trascienden los nombres (los territorios) y es en la invisibilidad donde mejor se expresa y nos alcanza. Punctum y destello, puede que nos interpele descendiendo el filo de un acantilado al tiempo que remonta cierta aurora boreal en pleno atardecer ártico. Ave y árbol, desierto y jardín, toma cuerpo para reavivar un olor, un matiz, un sonido, un alfabeto entero.

En mi caso, la poesía llegó muy temprano de la mano de unos gitanitos con caras muy sucias que me producían toda clase de asombro y me acompañaban como seres de carne hueso; desde una canción de cuna que mamá me cantaba, entre mudanzas y baúles llenos de supuestas pertenencias (que iban y venían en profusos camiones de empresas que ya no existen) ellos, los gitanitos, en la voz de mi madre, me remontaban a otros mundos, otros paisajes donde había una sola casa (el hogar) que generalmente con un sótano y algún cobertizo prescindía de las casas reales. Entonces, en la primera infancia, la poesía tenía el aspecto de un gato, el tamaño de un karting, y era rito y creencia, un pentagrama (un río), y también luciérnagas y renacuajos. Era un puente en especial, colgante y neblinoso, y una montaña, un barco en medio de los rápidos, un naufragio del cual, invariablemente, se salía indemne. Era la expresión de los ojos de mi abuela, la expresión, luego, de unos ojos a los cuales habría preguntado algo que nunca pregunté porque supe desde siempre que es sólo “detrás, en alguna parte”, donde la poesía se vislumbra y acontece.

Poco a poco llegaron Hesse, Poe, Machado, un poema de Darío que hablaba de un buen lobo; Aguirre y su Alejandra; unos dublineses tan pero tan distantes como cercanos o unos films donde las imágenes hablaban de alguien o algo precioso y anhelado, y por suerte, nunca alcanzado. Intensa y excesiva, magra algunas veces, la poesía fue eso que nada tenía que ver con el mundo porque era el mundo. Un eco de Pound, la perturbación de Weöres, al Este, un verso en línea difusa tirando de un trineo, osos escandinavos convertidos en elipsis, un London Bridge en el corazón, un doliente Don Segundo Sombra, un Mío Cid a recitar, casualmente, una tarde en un salón repleto de compañeros en una escuela rodeada por la paz de lo rústico (y lo noble).

La poesía así fue convirtiéndose en la búsqueda de poetas necesarios, aquellos indispensables que leemos una y otra vez; fue transformándose en un ser solitario, casi un ermitaño, que en su soledad revive; en una policromía de conceptos que de pronto se iluminan y promueven esa disonancia, ese desacomodamiento, lo poético, aquello cuyo límite jamás podríamos establecer. ¿No era una poeta Nathalie Sarraute cuando escribía sus Tropismos? ¿No es un poeta Jacques Derrida cuando habla de la herida en la poesía de Edmond Jabès? ¿Y Jean Luc Nancy no es un poeta cuando nos desgarra con su lúcido testimonio, el trasplante de su propio corazón, su intruso?

Fui aprendiendo, bajo el cobijo de la poesía, que el espacio de la creación es el espacio universal de la libertad, y en él, la escritura, un estado de reparación. Diría que pretender una voz propia a través de un texto es intentar recrear esos universos, esos flujos, esos “molinos de pensamiento” que nos han atravesado durante años, y que con mayor o menor precisión se reflejan en una obra, frágilmente, en una construcción a remontar en cada texto. Transcribir (traducir) esas mareas internas, es una tarea que lleva reescrituras, relecturas y un profundo amor. Así, en el mejor de los casos, los fantasmas saltan de nuestro hombro y se convierten en un mínimo y personal testimonio, en hecho artístico, en bondadosa transubstanciación.

Salvo el hijo, todo se pone en duda, decía Marguerite Duras; creería que, además, justamente ella, tampoco puso en duda la escritura. En dimensión real, en el presente continuo de la vida, simplemente agradezco haber encontrado la poesía entre la espesura de un bosque frondoso, desde un tiempo sin recuerdo, cuando era imposible que en las palmas de su alquimia algo confundiera y Babel apenas se insinuaba.

Exactamente por esto, por la luminosidad del lenguaje poético, es que suelo internarme en la poesía y la agradezco y la disfruto, más aquí o más allá de las propias y balbucientes palabras.

 

Sandra Cornejo

Nació en La Plata en 1962. Creció entre Chubut, Catamarca, Mendoza, Córdoba y otra vez Chubut. Estudió Periodismo y Comunicación Social en la UNLP. Desde entonces se desempeña en distintos ámbitos en Comunicación Institucional y Gestión Cultural. Publicó Borradores (Sudestada, 1989), Ildikó (Último Reino, 1998), Sin Suelo (Ediciones Vox, 2001) y Partes del Mundo (Alción Editora, 2005). Algunos poemas integran ciertas antologías, entre ellas, “Poetas Argentinas (1961-1980)” (Ediciones del Dock, 2007). En gestión cultural ha organizado, entre otros, el Encuentro Internacional de Escritores “Las letras y el pensamiento 2000” en el Teatro Argentino de La Plata y el Encuentro Nacional de Escritores de la ciudad de La Plata desde 2004 a 2009. Actualmente forma parte del equipo del programa “Cultura en la Escuela” de la DGCyE bonaerense. Luego de obtener la Diplomatura en Lectura, Escritura y Educación de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales - Sede Académica Argentina (FLACSO) empieza a trabajar en talleres de lectura en Contexto Encierro. Edita el sitio literario Tuerto rey, poesía y alrededores www.tuertorey.com.ar

 

 

Escribir es orgánico?

Fernanda Castell

 

Escribir ¿es orgánico? Sí. Convengamos esto. Si no puedo con lo que imagino lo escribo y allí desplegado lo puedo ver; si lo puedo ver lo puedo palpar. Y al cobrar esa texturada dimensión, se me hace soportable. Es como inventar-se la parte que falta. Lo que no está allí pero amenaza, si es escrito es conjurado a remitir. O recubierto, al menos tolerable. Y uno se vuelve imperturbable ante el sinsentido, la verdadera peste humana. Algo de lo que padezco. Es mi condición de existencia. A través de la escritura y por la escritura la vida cobra velocidad. La velocidad del caminante. Y se deviene con el movimiento orgánico. Se integra el cuerpo y como el desmalezador de una selva desconocida uno avanza. Una analogía posible sería la operación etnográfica. Escribo desde la extranjería y la incomodidad. Inadecuación en estado puro. Es allí donde construyo. En la escritura devengo y habito. Suspendo la lógica cotidiana: subvierto reglas. No busco, construyo. La cuestión siempre es la búsqueda del tono y el soporte. Comparto con Lispector eso de escribir para deshacerse de uno. En verdad es devenir en una cosa Otra. Con la escritura la historia juguetea un poco por fuera de uno. Ésa es la ficción en verdad. Esa interioridad poco reconocida como propia, exteriorizada.

En relación a lo que pensando en los tópicos de género: las mujeres trabajamos desde lo cotidiano, lo doméstico, lo corporal, “Cuando un hombre escribe es porque sabe, cuando lo hace una mujer, siente demasiado” como decía Sexton; así como descreo a veces de la taxonomía literaria, la escritura de género me resulta sospechable. Un determinismo tramposo.

Las palabras, para mí, son materiales. Lo único que rescato de mi pasaje por las instituciones educativas ha sido el encuentro con “bancos de palabras”. Y ahora, a la distancia veo que todas mis elecciones incluso profesionales se basaron en el gusto por las palabras que se me ofertaban desde las disciplinas más duras y alejadas del mundo literario, como la Geología o las Matemáticas. El mundo en verdad fue y es algo escribible. Palabras-ideas- ideas/martillo. Trabajo de pulido, esmerilado, devastado. Por etapas, arte textil. La escritura es asíntota. Es como dice Jenny Disky: viajar hasta el Gobi y retirarse antes de tocar la arena. La construcción del poema conduce necesariamente a un clivaje que respira para comenzar con otro. Y lo mismo podría trasladarse al relato.

La construcción de un libro es otra cuestión. En general empiezo con una idea. Una conversación robada. Un sonido. Unos días de observación en la estación de tren. Universos cristalizados. El mismo planeta. Dialectos. Mucho conurbano. Me gusta viajar en tren. Mirar las casillas. El micro también me ofrece materiales. Observo. Cuando llego a casa, si es posible hago un punteo. Un crudo. Y lo dejo. Luego lo retomo y doy forma. Relato lo que vi o sentí, como si esto fuera posible. Pero existe un momento en el que me desprendo de la experiencia directa y creo otra cosa. Y el procedimiento es variado. Se piensa más en la forma. Las lecturas son el diálogo necesario de cada día: Le Clézio, Beckett, Handke, Agota Kristof, Margaret Atwood, por citar algunos. Con el tiempo lo escrito sedimenta. Coagula. El libro deviene. Despliega su propia intencionalidad material. Que si bien no busca comunicar, circula y al decir de Blanchot “se convierte en la intimidad abierta de alguien que la escribe y de alguien que la lee, el espacio violentamente desplegado por el enfrentamiento mutuo del poder decir y del poder oír”.

 

Fernanda Castell

Nació en Coronel Dorrego en 1965. Estudió Antropología en La Plata. Publicó En el Abras, (Siesta 2003), Peces de agua (Editorial Tema, Porturgal, 2004) y La construcción de lo desagradable (Ed. Al margen, 2010). Participó de varias antologías, entre ellas, El verso toma la palabra. 33 poetas argentinos de hoy ( Homoscriptum y la Universidad Autónoma de Nuevo León, Monterrey, México, 2010) y País imaginario, escrituras y transtextos, 1960-1979, autores latinoamericanos, a editarse en Ecuador. Ha recibido distinciones de la Fundación Octubre y el segundo Premio del concurso Prov.de Poesía Ginés García 2001. Tiene varios textos inéditos, entre ellos, una novela, La pena de Azucena. Trabaja en Violencia de Género y como Arteterapeuta. Formada en la Primera Escuela Arg. de Arte-terapia, ha trabajado con enfermos terminales y actualmente en Salud Mental en el Centro de Día de CEMIC, con enfermos graves.

 

 

Buscar lo que ya encontramos

Silvia Montenegro

Escribir si no es mejor al silencio. Escribir para hacer pedazos la realidad y convertirla en palabra. La Palabra. El templo que nos rodea. Escribir desde el cielo y el infierno. Hacerlos atmósfera del lenguaje. Decir agua, y vaciarse. Convertir la herida en olor a narcisos. Ir hacia lo que no tiene nombre y se nos atraganta. Ser lo que vemos: resaca y belleza. Vivir el aire de la ausencia. Me arriesgo me desnudo. (Qué terror da la visión de uno mismo, saber de sí en el mandala indescifrable).

Surcar la hoja en blanco, con la juventud de la catarsis y luego despojar, deshojar, limpiar, con el oficio de los viejos.

Leer leer leer. Jugar con fuego.

Aullar el más grito. El más hondo. El coronado.

Entregarse a las sombras o construir mariposas. Montar en cólera las debilidades.

Escribo para no ser una mujer muerta, de vestidos muertos, de boca muerta, de mirada perdida.

No quiero la llaga inútil. No quisiera la llaga inútil.

Quizás el designio fue habitar las palabras de los acorralados.

Amar a Rilke, a Rimbaud, a Baudelaire, a Voltaire. A Tom Waits: “Gastado y herido, no es culpa de la luna”. Amar la poesía de la música, la música de la poesía. Mozart, Chopin, Beethoven (recuerdos de la infancia en que mi madre clavaba mis manos en el piano, y yo inventaba planetas en el cielo). Las teclas duelen la memoria.

En esos años iba construyendo desde la nube, el velo. El pequeño reino.

Asumo la deshonra de invocar mi batalla al gozo, en estos tiempos en que el imperio irriga y amordaza. En estos tiempos que el “capital” se comió a la flor, y se tomó el agua que regaba a la flor, y le chupó la raíz, y la destripó, y nadie se apiada.

El enigma es buscar lo que ya encontramos. Quizás de eso se trate la literatura.

 

Silvia Montenegro

Nació en la ciudad de La Plata, provincia de Buenos Aires, en 1961. Egresada de la Facultad de Odontología de la Universidad Nacional de La Plata. Publicó Sobredosis de alma (Sudestada, 2001), El diablo pide más (Ediciones Último Reino, 2004; Premio Hespérides, 2004) y Los príncipes oscuros (Último Reino, 2008). Participó en festivales nacionales de poesía de San Luis, Junín, Azul, La Rioja, Paraná, en el Festival Internacional de Poesía de Rosario 2003 y en el Festival Internacional de Poesía de la Feria del Libro de Buenos Aires, 2009. En el exterior, participó en el Festival Internacional de Poesía de Michoacán, México, en 2005. Su poesía integra antologías en Argentina, México, Perú y Alemania. Una selección de sus poemas fue traducida al alemán y al portugués. Es una de las organizadoras del ciclo de lecturas de poesía llamado Tohu-Bohu. Actualmente es secretaria de la Sociedad de escritores y escritoras argentinos (SEA).

 

Leer para vivir

Genoveva Arcaute

 

La experiencia literaria es salvífica, cura, alivia. Estar enamorado, estar en análisis, estar en manos de la escritura, todo trance doloroso puede morigerarse en el trabajo de la lengua. No cura, pero sí alivia. Bienaventurados quienes rozan al menos uno de estos programas de sanidad del alma.

(Diderot identificaba el placer de la lectura con la posibilidad de escribir. Para gozar de la lectura es casi imprescindible ser capaz de escribir: la inteligencia del emblema poético no le es dada a todo el mundo, hay que estar casi en estado de crearlo para sentirlo. Por eso aquí se trata de ambas cara de la experiencia indistintamente)

La experiencia literaria es más del orden del goce que del orden del placer. Este aquieta, conforta, arropa. Aquel nos comunica pérdida, vacilación, crisis, temblor. ¿Por qué buscarlo? Jugar con los límites, hallar el nexo entre la matriz primera, materna –sin connotación de sexo- la korá griega, lo somático prelenguaje, esfera del padre. Ese umbral, ese continuo a donde regresamos en el sueño es el territorio de la creación artística. Lo convencional en nosotros se resiste quizá, el lenguaje opone resistencia, a menos que se revierta en poesía, entonces el sujeto sana, se aleja de riesgosos borders. El texto organiza el límite. Y funda una nueva sintaxis.

Lenguaje es búsqueda, es el oráculo de la especie, el lenguaje literario descontextualiza y lo hace con violencia, salta hacia la polisemia. No revela, pero hace señas, según Heráclito.

La elección de las palabras es en el orden de lo antiguo en el fondo del alma, de lo arcaico del impulso vital, las imágenes allí abrevadas dan el poder y la potencia de decir. Remontarse desde la convención hacia ese fondo atávico que viene de abismos. Sublime-exaltación-asombro-éxtasis en un circuito que conduce a una raíz originaria. Es el lenguaje literario el que desviste, el usual el que encubre. El lenguaje poético es desnudo hasta el espanto. Sin paradas intermedias que relajan, leer es buscar con la vista la única flecha disparada desde el fondo de los tiempos

En este camino se establece una red de sentidos por fuera de la gramática. Hablamos de ritmo, respiración, aliteraciones, onomatopeyas, ecos. El receptor aquí, gira en operaciones dobles, hay dos escrituras, pugnan, se niega y se afirma. Se instala la polisemia, lo múltiple y como en los sueños, desaparece la unidad. Una retórica análoga a la del sueño: plural, relacional, asociativa.

El ritmo es revelado por el poema y no es una subcategoría de la forma, sino inseparable del sentido, es organización del sentido en el texto. A menudo el sentido viene del ritmo en un poema y no del significado. Y no hay sentido más que por y para un sujeto. Y el funcionamiento de éste pone en evidencia a una sociedad. De donde la historicidad del sujeto lleva la mirada a ese ritmo individual que patentiza lo político, antropológico, único. El ritmo sobrepasa al signo en lo que tiene de corporal, y lleva a una teoría del discurso. Discurso anclado en un punto histórico, que da cuenta del placer que provoca. Poético, ético, político, antropológico, aspectos inseparables, desencadenantes uno de otro, encadenados en la producción de sentido.

Aunque no podemos dar cuenta del estilo de nuestra época, vivirla nos invalida. Apenas soñamos y pretendemos dar cuenta de nuestro sueño, no podemos hacer de otra manera.

Pero sí podemos comprometer nuestra primera infancia en nuestra obra, de otro modo la invalidaríamos.

Así, un poema es una cadena de jeroglíficos en los que el sentido está imbricado en un ritmo haciendo un todo que siempre se está escapando, como el sentido de los sueños. Pero si la belleza estalla, no se piensa en entender o en diseccionar.

Dijimos experiencia literaria, la lectura, la escritura, el doble movimiento de un amor: Narcisismo, en el juego del yo que se refuerza, que de ratón se encuentra águila, y en la cumbre se pregunta quién lo dejó estar ahí. Un yo que se permite ser extraordinario. Por el otro y por sí mismo en la escritura, hecha otro apenas se separa del que escribe.

Que necesita parirse, darse a luz, -nadie nace para siempre- Escribiendo se nace, se es el otro, se amamanta a la madre. Escribir como los dioses que hicieron los libros que se apoderan de uno, lo traspasan, lo transportan.

Alimentarse de texto, leer para vivir. Es que el que escribe ha tenido hambre de libros, ha leído, mordido: con la primera leche, el primer libro.

Idealización, porque en el lenguaje poético el yo se permite el derecho a ser extraordinario, necesariamente, otro, aquello de lo que se carece, de lo ausente. Que asume todas las perfecciones.

Vivir en la carencia, a impulso del motor, el deseo, hacia identificación e ideal, buscando sin suerte el nombre en la punta de la lengua que se atrapa en perífrasis, en metáforas, en un halo de melancolía.

Qué decir de la propia escritura después de semejante despliegue: se agradece el aporte de los maestros Barthes, Meschonnic, Quignard, Cixous, Kristeva y quienes subyacen en el entramado de entrañables lecturas ya sin pie de imprenta.

Y agregar que es desvelo, acecho, captura, predación de la palabra inesperada, que lo es en el laboratorio, en el lexicon privado y en el contexto donde encontramos la ropa de diario. La palabra inesperada deslumbra y altera, descompone el pulso e interroga. Pero ahí está como los viejos telegramas con buenas noticias, a seguir desvelando el convoy que arrastran, leyendo el sentido a medida que se escribe, que escribo lo que leo y leo lo que escribo.

 

Genoveva Arcaute

Nació en La Plata, en 1953. Es egresada de Letras. Colaboró en la revista Humor entre 1980 y 1990. Publicó la novela breve Mandorla en 2007 y el poemario Todas somos Frida en 2010. Antologada por la Biblioteca Nacional 2009 y 2010.

 


 

 

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