
Rafael Felipe Oteriño
La función del poeta es explorar el mundo
Académico, abogado, profesor, Rafael Felipe Oteriño se siente desde muy niño, con fuerza arrolladora, poeta: quizá haya sido esencial este matiz para que su presencia calara muy hondo en el mundo de la escritura.
De raíces platenses, se ha ido habituando a la planicie que está detrás de las olas, descripción con la que enuncia la certeza en la que se convirtió para él Mar del Plata, su otra ciudad, donde vive desde hace 40 años. La pertenencia, la historia, lo lírico, el silencio, el coraje de los nuevos autores, la fragilidad del mundo, son algunos de los temas que pudimos conversar en la distancia: sus lecturas, esas que amplían la visión de las cosas, lo han llevado por estos días a Oñati, comunidad de Gipuzcoa, España.
Uno de sus poemas comienza diciendo “no nací aquí pero el mar me hizo suyo”, sin embargo, creo que su pertenencia a La Plata, lugar al que siempre regresa, es inalterable. ¿Se considera un poeta de dos ciudades?
Sí, luego de cuarenta años de ya no vivir en La Plata, es tiempo de que me reconozca como poeta de dos ciudades (una, La Plata, la entrañable, idealizada, hecha de mis raíces y recuerdos; la otra, Mar del Plata, la ciudad diaria, adonde he hecho mi vida y que guarda para mí, como una perla, algo también insondable: el mar). El poema al que te referís, titulado, “Yo no nací aquí”, marca el comienzo de mi conciliación con esta última, pero también refiere mi resistencia a considerarme hijo de ese otro lugar, al que describo con imágenes de la llanura antes que con tropos de agua: ”a mí me atrapó esa planicie que está detrás de las olas”. ¿No es rara esa mención de la planicie para describir el mar?
Si bien ha consagrado su obra a la poesía, podría decirse que el ensayo y la filosofía marcan también su poética; respecto de esta última, el poeta polaco Czeslaw Milosz dijo alguna vez que le interesaba la clase de filosofía que podría resultarle útil a la liebre para salirse del haz de luz; esto es, salvarse de lo inminente. Pareciera que usted se encuentra muy cerca de esa estética, dada su preocupación por lo intemporal, y en especial, por el misterio de la condición humana.
La referencia a Milosz es más que reveladora, pues siento gran admiración por su poesía. Creo, como él, que la poesía es una última red de sentido que toma su valor cuando los otros medios del conocer fracasan. En tal sentido, la poesía es un modo de conocimiento, que, paradójicamente, se manifiesta por la vía del desconocimiento –esto es, des-conociendo-, entronizando la extrañeza ante los lugares comunes, llevándonos a esa zona de perplejidad en la que nos inunda una humildad a las puertas de lo imponderable, lo improductivo, lo indecible. Esto no quita que la poesía, tanto como el poeta, estén atravesados por la historia y lejos, por lo tanto, de ese limbo de gratuidad en el que se los coloca de ordinario y al que, peyorativamente, se ha dado en llamar “lo lírico”.
Se ha referido a una relación intensa entre el lenguaje poético y la historia, ¿podría ampliar este concepto?
El poeta es hijo de su tiempo, pero no escribe para relatar ni para proyectar a su tiempo, sino para poner de manifiesto las fuerzas ocultas que habitan el lenguaje. En tal sentido, adhiero a la expresión de Joseph Brodsky –otro de mis poetas preferidos- en cuanto señala que la poesía nace del cuerpo vivo del lenguaje –en el cual habita la cultura en todas sus manifestaciones- y que cada poema es, de manera impensada, una estación en la que podemos leer episodios de nuestra historia que sólo se verán en su integridad al cabo de años o de siglos.
Ha dicho también que “la práctica de la poesía lleva insensiblemente hacia un poema absoluto, que colinda con el silencio”; en tal caso, ¿cómo expresaría esa zona de reunión que se da entre la poesía y el silencio?
El poeta viene a decir algo -trascendente o trivial, eso está en manos del tiempo y del lector- y su obra es la imagen de ese algo que viene a decir. Ella puede tener estatura: nostalgia de lo absoluto, belleza, asombro o duración; o bien expresar, legítimamente, dictados más empíricos: lo fragmentario en cuanto a imposibilidad de ver el todo, los límites, el fracaso de toda empresa humana. Lo cierto es que, cuando el poeta ha dicho lo suyo, vemos que tiende a callar. Y es lógico que así sea, pues su función no es –como digo- relatar el mundo, sino explorarlo; no es –en otro orden- entretener ni adornar, sino conmover. Y el silencio, no lo olvidemos, es la otra mirada que posee el lenguaje. En él anida la palabra que todavía no ha sido pronunciada: la que nos rescatará de la convención. La que nos devolverá, aunque más no sea por instantes, al origen en el que las cosas son cosas y las palabras, antes que grafía o sonido, instancias reveladores de mundo.
Lo leve, el oleaje, el tiempo, el hogar, la madre, los afectos, la muerte, son leit motivs que habitan su poesía, ¿hay algún poema suyo que condense de alguna manera esas “obsesiones”?
Toda mi poesía está recorrida por esos tópicos, que tan bien señalás, y que no serían sino expresión de algo más contundente: la sensación de fragilidad del mundo y, a su lado, como compensación, la gratitud por haber podido acceder a esta existencia en la que todo es llevado y traído, como el oleaje innumerable cuya única memoria es la de recomenzar. No tengo mis libros aquí –estoy temporáneamente, como sabés, en un pequeño pueblo vasco de Gipuzkoa, rodeado de montañas y de libros de sociología- pero me viene a la memoria un poema titulado “Nomeolvides” en el que recreo la práctica de llevar a mis muertos esas “pequeñas flores de octubre/ que se prenden a la solapa como abrojos”, y cuyo corolario es “mi promesa de llenar los vasos/ y no derramar el agua”.
¿Hay un canon poético al que adhiere?
Creo que soy hijo de una tradición que ha hecho del verso un instrumento para ensanchar el pensamiento. En tal sentido, sin ánimo de originalidad, digo que escribo para saber qué es lo que quiero decir; raramente lo hago para asentar algo ya sabido. Los pasos serían, pues: escuchar, explorar, intentar descifrar, para luego cifrar palabras, imágenes y ritmos en el cuerpo verbal que es, en definitiva, el poema. O sea, convertir en una pieza verbal y artística (artística en el sentido de trabajada) la duda o el enigma que la vida me haya propuesto.
¿Se siente afín a la idea de introspección, de ansia metafísica, que suele ligar al poeta con la poesía?
En cuanto a lo de “introspección”, sí, por aquello de ir hacia el fondo y hacia adentro; pero lo del “ansia metafísica” me turba un poco, ya que parece alejarme del plato fuerte al que asisto: el presente, la historia, las obras de los hombres, el otro, los otros, la variedad, la intensidad, la noción de civilización, todas cuestiones que están más cerca de lo físico que de cualquier espíritu de sublimidad. Creo que el lugar de la poesía está aquí, a nuestro alrededor (con ella, felizmente, nos tropezamos a diario). Con Saint-John Perse suscribo la idea de que ya es bastante para el poeta ser la mala conciencia de su tiempo.
En qué punto siente que se halla la nueva poesía argentina, comparándola de alguna manera con aquellos poetas que usted siempre ha admirado, tales como González Tuñón, Borges, Molinari, Molina, Giannuzzi?
Los poetas que nombrás, con excepción de Giannuzzi, pertenecen a un mundo más estable (fuera de las guerras interiores y exteriores, por un lado, y de la tradición y las vanguardias, por otro, que los movilizaron por igual). A diferencia de éstos, los poetas más jóvenes se ven acompañados (o dejados de lado, en algunos casos) por un mundo cambiante y una mentalidad no menos cambiante, y ése es el vértigo y el venero que alimenta sus obras. Las formas por las formas mismas han quedado atrás, también las nociones idealizadas del pasado y, junto con ellas, gran parte de las certidumbres, pero la energía y la posibilidad son sus horizontes. Siempre el presente es más difícil, sobre todo porque es lo que nos toca y porque no tenemos herramientas probadas para abordarlo. La nueva poesía explora en todas las direcciones y quizás ése sea su principal mérito. A mí me sorprende de continuo por la capacidad y el coraje de sus autores para abordar lo desconocido y darle cabida en el poema.
Considera que en estos tiempos de nativos e inmigrantes digitales hay un lugar especial para la poesía y el poeta; y si es así, ¿cuál sería?
Creo que lo he contestado al asignar a la poesía la condición de última red de sentido y al otorgar al poeta el trasfondo de mala (u otra) conciencia de su tiempo.
Con su último libro, “Todas las mañanas”, ¿siente que alcanzó una nueva etapa de indagación poética?
Pienso que he puesto en claro, capítulo por capítulo (el libro tiene cinco partes), mis temas y recurrencias: el pasado, la naturaleza, la fragilidad de la existencia, la memoria como receptora de todo ello, lo visto y vivido (sitios, maestros, viajes, lecturas), la vida como decurso, en fin, todo lo que puede ser dicho cuando ya se ha vivido gran parte de la vida y son casi tantos los que están como los que no están. No puedo evitar, en cuanto a esto último, la referencia a Horacio Castillo: “mitad de mi alma”, como solíamos repetirnos en clara locución horaciana.
Si tuviera que definirse a cuál mencionaría en primer lugar, ¿al escritor, al académico, al profesor?
Siempre mantuve separados, de manera casi esquizofrénica, a estos sujetos que habitan en mí. Pero últimamente he comprendido que había más que vasos comunicantes entre ellos y que el profesor es más convincente cuando habla en imágenes y que el escritor cobra mayor vitalidad cuando las imágenes se ordenan dentro de un cierto orden amenazado. Tal vez la mejor respuesta sería la histórica, la que, con fuerza arrolladora, se me hizo patente desde muy chico: ser escritor y –vaya a saber si por dones o por carencias- poeta.
Nota: Sandra Cornejo
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Rafael Felipe Oteriño/Datos
Nació en La Plata en 1945. Publicó los siguientes libros de poesía: “Altas lluvias” (Cármina, 1966), “Campo visual” (Cármina, 1976), “Rara materia” (Cármina, 1980), “El príncipe de la fiesta” (Cármina, 1983), “El invierno lúcido” (El imaginero, 1987), “La colina” (Ediciones del Dock, 1992), “Lengua madre” (Grupo Editor Latinoamericano, 1995), “El orden de las olas” (Ediciones del Copista, Colección Fénix, 2000), “Cármenes” (Vinciguerra, 2003), “Ágora” (Ediciones del Copista, Colección Fénix, 2005) y “Todas las mañanas” (Ediciones del Copista, Colección Fénix, 2010). Su obra fue recogida parcialmente en “Antología poética” (Fondo Nacional de las Artes, 1997) y “En la mesa desnuda” (Ediciones al Margen, 2009). Obtuvo los premios Fondo Nacional de las Artes (1966), Faja de Honor de la SADE (1967), Sixto Pondal Ríos de la Fundación Odol (1979), Coca-Cola en las Artes y en las Ciencias (1983), Primer Premio de Poesía de la Secretaría de Cultura de la Nación (1985/88), “Konex” de Poesía (1989/93), Premio Consagración de la Legislatura de la Provincia de Buenos Aires (1996), Premio Nacional Esteban Echeverría (2007) y Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina para la Poesía (2009). Es miembro de la Academia Argentina de Letras. Reside en Mar del Plata, donde se desempeña como profesor en la Universidad Nacional.
















