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Horacio Castillo, “Toda obra literaria es una obra en construcción”


Horacio Castillo

“Toda obra literaria es una obra en construcción”

 

Sus encuentros con espíritus notables, la función de la poesía en un complejo presente, los nuevos lenguajes y sus efectos, las influencias literarias, la luminosidad del mundo griego, el cierre definitivo de su obra lírica, son algunos de los temas que el poeta Horacio Castillo, máximo exponente de la poesía hispanoamericana actual, aborda en esta nota, luego de una vida dedicada a la escritura.

 

 

-Es inminente la publicación en la ciudad de La Plata de un libro suyo donde relata sus encuentros con poetas como Neruda, el español Vicente Aleixandre  o el griego Odysseas Elytis. ¿Cuáles fueron los motivos que lo llevaron a rememorar estos cruces con espíritus de tanta magnitud literaria?

 

- El libro a publicar, como lo dice su título – Colectánea- es una recopilación  de artículos publicados en diarios, revistas y obras colectivas, como asimismo de disertaciones en la Academia Argentina de Letras y, también, breves ensayos inéditos. Es, podría decir, la síntesis de una actividad paralela a la creación literaria a lo largo de toda una vida. Y me pareció que, al reunirlos en un solo volumen, evitaba su dispersión y, en consecuencia, posibilitaba el acceso de eventuales lectores.

 

-¿Por qué no nos refiere la experiencia de algunos de esos encuentros con figuras notables de las letras?

-Tuve el privilegio, desde temprana edad, de conocer a Ricardo Rojas, el maestro de la argentinidad; a Pablo Neruda, durante un viaje que hice a Chile a los veinte años; y luego, en España, a Vicente Aleixandre, Gregorio Marañón, Ramón Menéndez Pidal, la hija de Miguel de Unamuno y Francisca Sánchez -la mujer de Rubén Darío- entre otras personalidades. Después, ya vinculado con  el mundo griego, mantuve correspondencia con el poeta Odysseas Elytis, premio Nobel 1979, de quien traduje varios libros, y muchos otros escritores, consagrados o no, que me enviaban y siguen enviándome sus libros y me han honrado haciéndome miembro de la Sociedad de Escritores Griegos.

 

-¿Qué impronta han dejado esas experiencias en su obra o en su vida?

- Esos espíritus fueron para mí ejemplos de vida, de generosidad intelectual, de ética, pues dedicaban parte de su tiempo a estimular a jóvenes desconocidos como yo u otros compañeros de ruta llenos de malos versos y hermosos sueños.

 

-¿Qué otros aspectos puede rescatar de esas relaciones?

-Algunos son curiosos. Alfonso Reyes, por ejemplo, el gran escritor mejicano, usaba unas tarjetas impresas, con espacios en blanco como un formulario,  que llenaba con el título del libro que le enviaban y algún adjetivo o frase estimulante. Leopoldo Sedar Senghor, que fue presidente de Senegal, y uno de los grandes poetas de lengua francesa -eterno candidato al Nobel- escribía en papel oficial, con el membrete de rigor: Le Président de la République .Un caso singular es el comienzo de mi relación epistolar con el poeta griego Odysseas Elytis, sobre quien escribí un artículo en un diario de Buenos Aires cuando le otorgaron el premio Nobel en 1979. Como en una antología griega de sus poemas  decía, en el copyright, Skoufás 23, Atenas, supuse que era su dirección y le envié la nota, sin otra intención que, si por casualidad llegaba a sus manos, supiera que en un país lejano alguien lo admiraba. Por supuesto, descontaba que quien obtiene el premio Nobel está tan colmado de compromisos que sólo puede cumplir una mínima parte de ellos, sobre todo con respecto a la correspondencia. Por eso, cuál sería mi sorpresa cuando un par de semanas después recibía una carta suya, manuscrita inclusive, donde entre otras cosas decía.: “Estimo especialmente los actos desinteresados que muestran sólo amor. Amor a la poesía –a la poesía griega-, algo tan raro en nuestros días. Si hubiera hombres como usted en todos los países la suerte de las letras neohelénicas sería distinta”. Lamentablemente, en mis viajes a Atenas, Elytis se encontraba fuera de Grecia, y en una ocasión internado en una clínica. Pero un día me envió con una amiga común su libro Elegías de Oxópetra, que yo había traducido, con una generosa dedicatoria y sentí como si hubiera estrechado su mano.

 

-Su último libro de poemas, Mandala, publicado en 2005, incluido en ese mismo año en la edición de su poesía completa ¿cierra definitivamente su obra lírica?

-Sí, con Mandala, que es un poema formalmente complejo, he planteado la búsqueda de un lenguaje esencial, que allí denomino “lo neutro”, y estimo que es un buen cierre para una obra que empieza con un poemita titulado “Arte poética”. Mi ideal es presentar mi obra como una unidad, como un drama –el drama del lenguaje- con su planteo, su climax, y su resolución. Porque esa totalidad constituye una propuesta estética que no admite alteraciones, a mi modesto entender, si se quiere percibirla en todo su alcance.

 

-¿No siente nostalgia de la creación poética?

- En verdad, no me apena, y como mi poesía ha sido siempre impersonal puedo ver lo que he escrito como un “otro”. Un “otro” que es lo que yo llamo el lector absoluto, porque a diferencia del lector ajeno, el autor lee sus textos con todos los ingredientes existenciales que le dieron origen. A esta altura, y después de haber escrito Mandala,  donde se dice “habla lo que se tacha a sí mismo”, me pregunto parafraseando al Tao: “¿Dónde puedo encontrar un hombre que haya olvidado las palabras? A ese me gustaría leer”.

 

-Usted ha dedicado toda su vida a la poesía. ¿Cuál es la función de la poesía en estos tiempos que ha llamado agónicos o postreros?

- Me atrevería a decir que la poesía es el instrumento de lo que nos excede. ¿Por qué un adolescente, al enamorarse, borronea unos versos o siente la necesidad de buscar, aunque más no sea, una rima de Bécquer para poner en palabras sus sentimientos? ¿Por qué los epitafios de los cementerios, o un recordatorio en el diario, necesitan de la palabra para expresar un dolor intolerable? La poesía es una forma de percepción de lo indecible, del misterio de la vida o, si no resulta demasiado pretencioso, de lo que se llama filosóficamente el Ser. Como dice Max Picard, el Ser hubiera terminado por estallar de no haber podido fluir hacia la palabra. ¿Acaso Heidegger no buscó respuesta a su interrogante sobre el Ser en la poesía de Hölderlin o Paul Celan?  Y en estos tiempos, en estas postrimerías a las que me he referido alguna vez –época en que se ha perdido el centro- el Espíritu, lo que llamamos así, debe convertirse en centro. Y ese centro es un acto estético, o más bien un acto poético, una toma de conciencia para convertir el caos en orden, lo que los griegos llamaron kosmos.

 

- A propósito de los griegos ¿por qué ha sido tan poderosa la influencia de ese mundo en su poesía?

-Los occidentales han buscado siempre el misterio en la oscuridad, mientras que los griegos lo buscan en la luz. Para los griegos la luz, la luz física sublimada como “metafísica solar”, para usar una expresión de Elytis, es algo absoluto. Yo pertenezco, culturalmente, al mundo occidental de lo oscuro, y la frecuentación del mundo griego, empezando por su luminosa lengua, me ha permitido abrir una brecha y experimentar la transparencia, que hace visible lo esencial. Además ese mundo me ha enseñado lo que dice Nikos Kazantzakis, el autor de la obra “Alexis Zorba”: “El artista entra en el bosque de la vida, denso, oscuro, y convierte el bosque en árbol y el árbol en columna; y esa columna huele a pino, a ciprés, huele a madera, a resina”. También me ha servido para emplear en mi poesía el aparato mítico, sea recreando un mito clásico o creando mitos propios; esto es, para presentar en una forma objetiva elementos poéticos. En lugar de hacerlo como lo hacen el realismo o el simbolismo, encubro la expresión en una figura mítica, en una “máscara”, o si se prefiere en una “alegoría”, como han dicho algunos críticos de mi obra.

 

-Hay libros, lugares, memorias, que marcaron especialmente el sendero de su escritura?

Toda obra literaria es un work in progress: una obra en construcción. Vicente Aleixandre me decía en una carta: “Mi poesía no se detiene, como no se detiene el río”. En mi caso, si es que se puede hablar de sí mismo sin pecar de egotista, mi obra ha sido un proceso de lo simple a lo complejo, de lo concreto a lo abstracto, de lo fenoménico a lo metafísico, del significado a una ruptura del u significado tal como lo conocemos. En el curso de ese proceso, obviamente, ha habido marcas de todo orden, desde el descubrimiento de Neruda en la adolescencia a la poética de Hölderlin en la juventud, desde poetas como el francés Saint-John Perse o el italiano Salvatore Quasímodo al griego Constantino Kavafis, desde Homero y Virgilio a los trovadores o el surrealismo. A lo que hay que agregar rasgos del inconsciente, como la inundación de la ciudad de mi infancia en 1940, el incendio del petrolero San Blas en 1944 o los arreos de ganado que, a medianoche, marchaban hacia los frigoríficos o que veía pasar en trenes de carga detrás de mi casa. Fíjese cuán poderoso es ese inconsciente que, para dar un ejemplo, años y años después, escribo un poema que se titula “Tren de ganado”.

 

- ¿Para quién se escribe un poema?

- Para un lector ideal, que es el propio autor, o alguien que uno quisiera que leyera como el propio autor cree que debe ser leído. Lamentablemente, el lector es un “otro”, y nunca sabremos exactamente qué leyó, como percibió, como “sintió” el texto. Por eso, lo fundamental es que, más allá del significado, ese “otro” reciba un impacto estético: ese es el objetivo final de la poesía. El impacto de la Belleza. Porque la función ontológica de la Belleza, como dice un teórico del lenguaje –Gadamer- consiste en cerrar la brecha entre lo real y lo ideal. Precisamente, en uno de mis poemas titulado “Contrapunto”, uno de los interlocutores dice: “Serví a la Belleza, y a ella encomiendo mi espíritu”.

 

- Seamus Heaney ha escrito que la poesía tiene el poder de recordarnos que “somos recolectores y cazadores de valores” ¿Qué agregaría Usted a esa idea?

- Que la poesía, la alta poesía, nos recuerda o, más bien, nos hace patente, que somos por un instante conciencia del Universo y por esa conciencia el Universo existe. La poesía es esa conciencia, y gracias a ella se puede aceptar, no como una forma de resignación, sino como gozo, como asombro, haber sido parte ínfima, pero parte al fin, de la aventura colosal de la Creación.

 

- Si bien Usted ha sido calificado como “poeta secreto” su poesía ha sido traducida desde hace tiempo a otras lenguas. Así, Henri de Lescöet tradujo al francés, allá por los años setenta, poemas de “Materia acre”; Jason Wilson y Samuel Gray lo han traducido parcialmente el inglés; Enzo Bonventre, Antonio Aliberti y Elvira Maison al italiano y Elías Antunes al portugués. Ahora Yves Roulliêre va a publicarlo en francés y Jaralambos Dimou en griego. ¿Cómo recibe ese interés de otras lenguas, de otras culturas, por su poesía?

-La lengua propia no es, en cierto sentido, una lengua, porque se nace con ella y es como la vista, como el olfato, como el brazo, como una mano, como el pulmón, como  el pie: un órgano, una “función”. Por eso, cuando uno ve –por lo menos es mi experiencia- sus poemas en otra lengua, adquieren otra entidad: son entonces “lenguaje”. Lo importante de estas experiencias no es convertirlas en juicios de valor sino en la prueba fundamental de toda poesía: comprobar si  funciona en otra lengua, en otra cultura, en otra sensibilidad. Sobre todo, como dice Usted, tratándose de un “poeta secreto”, que por lo tanto tiene que empezar por crear sus lectores. Decía Walter Benjamin que un libro puede esperar mil años sin ser leído, hasta que aparece el lector correcto. Parece que mis libros no tendrán que esperar tanto…

 

¿Hay lugar para el poeta en un mundo donde las nuevas lenguas proliferan y las tecnologías abren puertas hacia dimensiones aún impensables?

- La poesía, como el arte en general, ha sobrevivido a todas las catástrofes y todas las transformaciones sociales, culturales y tecnológicas. Seguramente, la invención de la rueda o el paso de la edad de bronce a la de hierro, no afectó la poesía de aquellos tiempos; como tampoco lo hizo la invención del alfabeto, que algunos consideraban el fin de la literatura, hasta entonces oral. Lo mismo ocurrió con la imprenta, y ocurrirá con las novísimas tecnologías y las que vendrán. Recordemos que la poesía del Antiguo Egipto, conservada en jeroglíficos, o el Gilgamesh, poema sumerio en escritura cuneiforme, por no hablar de textos más remotos, siguen vigentes. Hoy podemos encontrar en Internet, como en otra Biblioteca de Alejandría, los poemas homéricos en griego, los de Virgilio en latín, o de cualquier otro autor, sea antiguo o moderno, y en la lengua que se quiera. Nosotros mismos aparecemos, a veces, en algún blog de lectores desconocidos. La poesía es inherente a la condición humana, y existirá mientras exista el ser humano. Porque la poesía es canto, o más bien cántico, y el cántico es la forma perfecta de la oración. Como dice Blanchot: “Rezar: rezar el pensamiento, aguzarlo hasta esa punta en que se hace añicos”.

 

- Usted es el primer escritor platense incorporado a la Academia Argentina de Letras y, además, es miembro correspondiente de la Real Academia Española. ¿Cómo vive esas circunstancias?

-Son, sin duda, reconocimientos que uno aún no se explica, pero tal vez existe una idea equivocada de las Academias. Son, sí, lugares de excelencia intelectual, pero no sitios de figuración sino de trabajo y de enorme responsabilidad. Se trata, nada menos, que de dar unidad al idioma, de estudiar, acrecentar y perfeccionar ese patrimonio, de promover la creación y la investigación literarias. Y esa es una tarea ímproba.

Entrevista: Sandra Cornejo

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Fotos: Cony Agesta


 

 

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