alvazone ® · Diseño web en La Plata

a Galería Austral(1968-1993)

Gustavo Gonik

Arquitecto -Experto en alhajas, antigüedades y obras de arte- .Pero también, cronista memorioso del nacimiento de una mítica Galería de Arte platense.

 

La Galería Austral(1968-1993)

 

Comienzos de un sueño compartido

Una mañana de sábado soleado, que soportaba la ola polar que atravesó la ciudad, nos encontramos con Gustavo Gonik. Llega, puntual a la cita, cargando un tesoro tan o más precioso que una alhaja: las fotos que testimonian los veinticinco años de existencia de la Galería Austral. Pero es justicia que esta historia sea narrada por Gustavo, hijo de uno de los dos propietarios de ese lugar. Por lo tanto, le dejamos un espacio aparte para que oficie de cronista y además, relator de sabrosas y humanas anécdotas ligadas al mundo del arte. También queremos que el Arq. Gonik nos hable acerca de dos temas que le interesan profundamente: su visión profesional acerca de nuestra ciudad y su metier como experto en alhajas, antigüedades y obras de arte.

 

 

“Creo, dice Gustavo, que habría que volver a retomar lo que era la ciudad tal como se la planificó, como una obra de arte”.

Los espacios verdes y su conservación son una de sus preocupaciones y la conclusión a la que llega es polémica y valiente. “Lamentablemente, cuando en el Bosque platense los estadios de fútbol sean más importantes, los fines de semana la gente no podrá ir a disfrutar de ese espacio verde por las actividades que habrá en los estadios”.

Su inicio como experto en el mercado del arte, reconoce la presencia de su padre, Adolfo Gonik y de Roberto Braviz López. “Tuve la suerte de tener un padre y un casi tío, como Roberto, que me enseñaron lo que era una Galería de Arte”.

“Luego trabajé en una casa de antigüedades que me permitió tener acceso, muy cercano, al mercado del arte que es un aspecto, tácito, para entender al arte. Muchas veces, esto no se desarrolla”.

Ante la pregunta de qué es lo que determina el mercado de arte como valioso a un objeto, responde “Actualmente, en el mercado se habla mucho de la tasación, no solo de una obra de arte, sino en general en inmuebles, empresas, etc., del “aspecto intangible” que sería lo complementario a lo “tangible”. Lo “intangible” lo podemos ver en cada cosa. En la empresa del siglo 21 se considera que este valor llega al 70% cuando antes era solo el 30%. Esto lo determina la marca, entre otras cosas. Pensá en la Coca-Cola. Se dice que la marca vale un 80% y el resto es el valor de lo tangible. El mercado de arte incorpora el “aspecto intangible” de manera importante. Por ejemplo, hace poco se pagaron 106 millones de dólares por una obra de Picasso. Si tomamos el valor “tangible”, es decir lo que cuesta la tela, la pintura, el tiempo que llevó su realización, el valor es infinitamente menor pero la obra vale, para el mercado de arte, 106 millones de dólares. Por la historia de esa obra y por su autor”.

A través de sus palabras conocimos algunas de las facetas que completan, para su colocación en el mercado de arte, lo que se denomina el aspecto intangible de los objetos -sean cuadros, esculturas, antigüedades o alhajas- que pasan por sus manos. El Arq. Gustavo Gonik es conocedor de este mercado, complejo y volátil, pero sin dudas apasionante para quienes operan en él.

Pampi Curuchaga

 

La Galería fue un sueño de dos amigos: Roberto “Coco” Braviz López y Adolfo Gonik, mi padre, que vivían en un mismo edificio. Después de la cena “Coco” iniciaba un periplo que comenzaba con otros dos vecinos. Ellos eran Nelba y Luisito, sus hermanos y terminaba en el “1° 4° de los Gonik”. Allí tomaba el café y ayudaba a los chicos en los deberes escolares.

El fervor artístico de los años 60 empujaba a charlas que, finalmente, tomaron forma de galería de arte entre papá, el comerciante conocedor del mercado y Roberto, el perfecto relacionista público de gran corazón, querido y respetado. Entre los dos hacían un equilibrio casi perfecto.

La primera exposición fue en agosto de 1968 en un local pequeño de la Galería Géminix. El artista elegido fue Onofrio Pacenza. Luego vinieron veinticinco temporadas donde pasaron los más reconocidos artistas nacionales y, también extranjeros, como cuando se expusieron grabados de Picasso y de Dalí. Cada año la primera muestra estaba dedicada a un artista platense: Pacheco, Soubielle, Elías Kortzats, Travascio, Martínez Solimán. Me acuerdo particularmente de este último porque la visita previa a su taller era una linda ceremonia en mi niñez. Guardo perfecta la imagen de ese lugar, los trigales amarillos que me parecían enormes, la atmósfera bohemia y el reto de mi papá que le decía al maestro: “don Guillermo usted no haga los marcos de sus cuadros, usted pinte, pinte, los marcos los hago yo”, la humilde sonrisa del maestro era su única respuesta.

Como se sabe el mercado del arte nacional es aún pequeño. Casi circunscripto a la ciudad de Buenos Aires. Más aún en esos años. ¿Una galería en La Plata? A los marchands y artistas porteños les resultaba lejísimo y extraño. Cuando expuso Raúl Soldi, en los primeros años, vino a la inauguración con su esposa y una pareja amiga. Se sorprendió de la gran cantidad de recortes de diarios y revistas que colgaban detrás de la puerta de ingreso, algunos de los cuales él mismo no conocía. Roberto recortaba pacientemente todo lo referido a artes plásticas que se publicaba en los medios gráficos. Al ver la gran cantidad de gente que había en el pequeño entrepiso de la Galería y ante el temor por su estabilidad por el enorme peso, Soldi le confesó a mi papá: “pensar que vinimos con unos amigos por miedo a aburrirnos”.

 

La construcción de un prestigio

 

En sus comienzos la Galería debió construir su prestigio. En el mundo del arte eso se hace de a poco. Cada vez que puedo cuento la forma en que mi papá y Roberto conocieron al maestro Berni que lo ilustra. Me gusta la historia porque pinta (que bien viene esta palabra) lo que era el Mercado del Arte en los años 70 y, sobre todo, porque muestra la personalidad de ese grande que fue Antonio Berni. Roberto tenía planificadas las muestras con muchos meses de anticipación. Lo nombro solo a él porque era muy ordenado, todo lo contrario a mi querido viejo que se sentía más cómodo improvisando. Una tarde fueron al taller del pintor Juan Ibarra en busca de los cuadros para una muestra planificada para un par de meses más tarde. Se encontraron con la negativa del artista que les explicaba que había vendido la totalidad de las obras en su última muestra, no tenía ni un cuadro para la cercana exposición en La Plata. Roberto entró en pánico. Mi papá al ver a su socio en ese estado le dijo:

Vamos al taller del viejo Berni.

La respuesta fue instantánea: ¿Estás loco?

Claro, era principio de los años 70, la Galería era muy joven y poco conocida para semejante atrevimiento. Berni era ya famoso y muy cotizado, después del importantísimo Premio Internacional en la Bienal de Venecia de 1962. Pero Adolfo era muy persuasivo y además era el que manejaba: Dale vamos. Perdido por perdido…

Cuando se abrió la puerta del taller del maestro, la cara de Roberto se transformó, volvió la sonrisa, se le iluminaron los ojos celestes y transparentes y, como siempre desplegó ese don de charlistas propio de los hombres del Renacimiento.

Al cabo de dos horas de una animada conversación el maestro, en un acto de lucidez preguntó:

Muchachos ¿a que vinieron?

Y recién ahí empezó la explicación… de la nueva galería en La Plata… la falta de compromiso de ciertos artistas y, por fin, el pedido:

- Necesitamos obras para realizar una muestra suya en nuestra Galería en dos meses.

- Si, como no. Pasen al taller y elijan.

A los pocos minutos el fiel Peugeot 404 estaba transportando a La Plata veinticinco obras que llevaban la firma de Antonio Berni. Era el sueño del pibe, o mejor, de los pibes, y lo compartieron con el círculo de amigos que ya se había formado en torno a la galería. Muchos quisieron ver los trabajos del maestro. A los pocos días se habían vendido, antes de la muestra, quince obras. La decena de cuadros sobrevivientes era insuficiente. Se debió improvisar una nueva visita al taller del maestro. La misma cordialidad, el mismo “pasen y elijan”, pero esta vez con más amistad y la sorpresa del pintor por la rendición de las primeras ventas, una verdadera fortuna para la lejana Galería platense.

 

El paso de los años

 

Cuando Austral cumplió diez años de vida lo festejó con un importante almuerzo. Viendo las fotos de ese evento se puede intuir lo que ella significaba. Concurrió el Intendente de la ciudad, el círculo de clientes y artistas que, no solo trabajaban con la galería, sino que tenían una relación de amistad con sus dueños. Recuerdo a Luis Seoane, Renata Schuscheim, Raúl Alonso, Reina Kochasian, Antonio Pujía, Fernando Prada, Antonio Berni. En esa época las muy esperadas inauguraciones se hacían los sábados a las 11 horas. Eran parte de la fiesta del sábado a la mañana en La Plata, del rito “de tomar el cafecito al mediodía en el centro”.

Las veinticinco exitosas temporadas que marcaron la vida de la Galería Austral se ponen en contradicción con las teorías sobre el Mercado de Arte que aseguran que las galerías no son viables en ciudades chicas como La Plata. Pero esas teorías también dicen que el perfil del comprador de arte, en un noventa por ciento, no es gente acaudalada; es más de clase media que tiene resuelta su economía, que es culta y sensible y gusta que su casa y sus objetos reflejen su forma de ser. Todos estos atributos se daban en ese círculo de clientes y amigos que se formó en torno a Austral. Fueron muchos, que percibieron el amor y la profesionalidad que tuvo el sueño de esos dos amigos.

 

Gustavo Gonik

 

Vino, clara de huevo

y café en una noche con Vicente Forte

 

Después de la inauguración de cada muestra había premio para algunos elegidos: eran invitados a comer acompañando al artista y a los anfitriones. A mí me tocó en algunas ocasiones ese privilegio. Recuerdo cuando formé parte de la pequeña comitiva que acompañó al artista Vicente Forte y su esposa a la tradicional comida. Fue una cena, muy informal, como lo era el artista. Forte le ponía pasión a los relatos de sus experiencias como pintor, como integrante del “Grupo Orión”, y hasta al hablar de su técnica llegando, incluso, a revelarnos que le agregaba clara de huevo al óleo que usaba en sus trabajos; en ese momento ese y otros datos fascinaron a mis jóvenes dieciocho años. La cena fue larga y muy amena, acompañada de varias botellas de vino que tiñeron de un color rojo el sonriente rostro del maestro. En un momento, cuando ya se acercaba la hora de la partida, Forte, con cierto disimulo se acercó a mi, que estaba sentado justo frente a él y en voz baja me dijo: “flaquito, después de terminar con el morfi, llevame a tomar un café porque me pasé con el vino y me tengo que ir manejando hasta Buenos Aires”. Y así fue. Cuando todos se despidieron me subí al Ford Taunus azul oscuro del matrimonio Forte y los conduje por la noche platense, hasta dar con una confitería que estuviera abierta. Cuando finalmente la encontramos, continuamos con la charla y después de dos cafés y del “quedate tranquilo que estoy muy bien”, nos separamos, el matrimonio partió de vuelta a casa y yo a rememorar una noche difícil de olvidar.

 

Carlos Garaycochea,

las charlas, los dibujos y el deporte

 

A mitad de la década del 70 yo jugaba al básquet en Gimnasia y Esgrima de La Plata. Siendo Juvenil integraba el plantel superior formado por excelentes jugadores. El equipo era considerado junto con Obras Sanitarias de la Nación, como los mejores equipos del país. Los partidos entre ambos se transformaban en auténticos clásicos y eran una verdadera final. En uno de ellos, que se jugó en el estadio de Obras, y mientras hacíamos la tradicional entrada en calor, vi en primera fila a Carlos Garaycochea, muy mediático en esa época por su trabajo en televisión. Casi por un acto reflejo me acerqué, con mi disfraz de jugador número seis, y me presenté. Él respondió con un apretón de manos y una amplia sonrisa. En seguida, en medio del bullicio general, me preguntó por “los dos lungos” (Roberto y mi papá), con los que después de las dos muestras de sus dibujos realizadas en la Galería, había entablado una muy buena relación. Además la Galería Austral había seguido sus consejos realizando las primeras muestras individuales de un talentoso artista, muy joven en aquel momento, y cuñado de él, José Marcchi, hoy un destacadísimo artista nacional. Mis compañeros de equipo y algunos fanáticos triperos no me dejaban de preguntar por mi relación con ese “conocido cómico de la tele”. En esa charla me contó que pese a su estatura era ex jugador de básquet y seguidor fanático de Obras, nuestros rivales.

 

Las referidas muestras de Garaycochea y de Marcchi en nuestra Galería hicieron que Carlos viniera varias veces, en poco tiempo a La Plata. Cuando llegaba destinaba unos minutos para preguntarme, en soledad y casi en secreto, por las novedades de mi equipo, pese a los deseos de mucha gente que asistía a la Galería y que querían mantener una conversación con él. Por supuesto que, ante el posterior requerimiento que se me hacía, jamás confesaba el tema de nuestras charlas.


 

 

AQUÍ La Plata ® en Facebook

www.quehayendanza.com.ar

GRUPO AP · Consultoría en Comunicación