Romance del enamorado y la muerte
Por ALEJANDRO FONTENLA
Tras cursar el secundario en Tornquist, donde había nacido, Luis Ferrandi vivió toda su vida en La Plata. Escribió y pintó, fue docente y director de instituciones educativas, y publicó tardíamente su primer libro de poemas, Noches de la Jodería (Ediciones Botella al mar), en
2009. Su segundo libro, Tan cerca de septiembre, publicado en el sello Dunken en noviembre de 2010, me fue entregado sorpresiva y traumáticamente hace muy poco, junto con una esquela que anunciaba su muerte. Fuimos compañeros en la carrera de Letras, cursamos juntos los primeros años y después nos cruzamos esporádicamente en la docencia.
Como es sabido, cada nueva obra literaria, se lo proponga o no, debe enfrentar una exigencia de originalidad en el plano formal y también en el contenido. Debe evitar repetir lo que ya se dijo, establecer su propia retórica. Es el caso de Tan cerca de septiembre, de Luis Ferrandi, un libro que habla obsesivamente sobre el amor, sobre sus grandes dichas y sus abismales heridas, con un lenguaje en el que resuena toda la poesía, en el que están todos los poetas y al mismo tiempo es absolutamente personal.
No quiero hacer, sobre este libro, un comentario técnico o convencional. No sé si mi antiguo compañero hubiera esperado eso. Y como a mí su libro me llegó en lo profundo, me hizo verlo de cerca, me invitó a conocer sus lugares, sólo me gustaría escribir algo que fuera parecido a beber con él unos lentos vinos bajo los árboles una noche de enero, y hablar de todo.
La primera parte del libro es el canto del amor presente, donde la experiencia amatoria centraliza y subordina a todas las demás, imponiendo su razón de goce o sufrimiento, de esperanza o desconcierto, comprometiendo a todos los sentidos hasta su límite y a los órdenes de la naturaleza, y donde el sentimiento se expande como un demiurgo que arma y desarma el mundo, haciendo secar los trigos, morir el viento, o produciendo un revuelo de soles y montañas.
Pero de pronto la fiesta de los sentidos y del alma termina, se apagan sus luces y se acallan sus ruidos, el verano, como tu voz, había concluido y el vacío escenario da paso al canto desolado de la ausencia; no se escucha la voz acostumbrada y tampoco puede tocarse el cuerpo amado, que ahora es una sombra que pasa en puntas de pie. De aquí en más una serie de poemas componen una suerte de metafísica de la ausencia, dela pérdida del objeto amado, una ausencia que es inexorable y paradójicamente tangible hasta ser una pertenencia del amor: cómo puedes estar tan lejos, si la ausencia es un pretexto del amor, o bien no sé en qué sombra del amor está tu ausencia,/ pero me quema el alma/ un remolino de caricias. Orfandad, silencio y niebla definen ahora el ambiente, y en el corazón antes exultante, sólo un revuelo de gorriones muertos.
El tercer y último movimiento, quizás el más conmovedor, es el canto de la aceptación, recorrido por un aliento de desolación viril, donde el poeta describe cómo seguir, cómo reconstruirse y recomponer su subjetividad tras la pérdida abismal. Por momentos, provisoriamente, lo logra: He pasado la tarde observando/ las últimas migraciones./ Cuando llegó la noche/ me sentí más liviano:/ también de mí habían volado los últimos pájaros./ Me dediqué a quitar los nidos/ de las ramas más altas./ Y fui feliz:/ El verano, como tu voz había concluido/ Y era propicio desnudar a los árboles/ para recibir alegremente el otoño.
Sin embargo la solución final parece ser refugiarse en lugares y hábitos raigales, en la vuelta hacia un sur mítico, atravesado por vientos ancestrales y fantásticos potros crinudos, el sur que sigue hoy alimentando las ilusiones de arraigo de muchos argentinos, constantemente visitado como metáfora en la literatura y el cine, y que para Luis Ferrandi es además su lugar de origen. Hacia ese sur vuelve un hombre del caballo y la montaña, un hacedor de fábulas, a enarbolar los vientos en las lanzas azules del infinito, a buscar allí, bajo el amparo de eucaliptos centenarios, la posibilidad del olvido.
De la personalidad de Luis Ferrandi conservo una imagen imprecisa y tal vez contradictoria. Desde los primeros años compartidos en la facultad, nos vimos poco y nada. Supongo que tuvimos amistades distintas y destinos diversos. Cosas que nos separaron, como a tantos de tantos otros. Conmigo era afable y cálido. Recuerdo la frecuente sonrisa que se abría bajo sus bigotes nitzcheanos. Parecía alegre y al mismo tiempo sacrificado, como si las cosas le costaran, y caminaba como si algo le pesara sobre los hombros, como si con sus pasos debiera empujar un mueble pesado. No me pareció, en aquel entonces, que fuera un poeta.
No puedo evitar un lugar común, algo que se dice tanto: muchísimas veces no conocemos con profundidad a quienes nos rodean, o nos formamos de ellos ideas equivocadas, a partir de datos exteriores o actitudes o afinidades que después, con el tiempo, rectifican su significado. Ahora es tarde para recuperar con él tantos momentos perdidos, cuánto que no se pudo compartir. Después de tantos años no sé, exactamente, cómo fue Luis. Tengo este libro de maravillosos poemas de amor, que tres días antes de morir pidió que me fuera entregado, y la pávida sensación, compartida con Miguel Ángel, nuestro amigo común, de haber sido súbitamente estrellados contra su muerte.







