
Esteban López Brusa, escritor.
Terreno fértil para las palabras
Cada día, en los altos del edificio que se emplaza en el cuarto suroeste de la Plaza Rocha, una chicharra acompaña el encendido de la luz roja que da “aire” a la frecuencia de la radio universitaria más antigua del mundo. Entonces, una perilla (remo, en la jerga) recorre verticalmente su curso en la consola de operación y el micrófono que pende de un brazo de metal saluda a la ciudad en una nueva emisión. Y así, ocurran sucesos extraordinarios o mundanos, Radio Universidad vive con la ciudad a toda hora, todos los días.
“A lo que nos interesa –dice el narrador de Huevo o Cigota, novela de Esteban López Brusa-, la radio está en todos los lugares, todo el tiempo. Una existencia sin pausas. El encendido transmite una impresión de vida inmediata que no ha sido aún equiparada por otros medios de comunicación, si es que la radio puede ser encasillada y comparativa en ese rango. Quizás porque mezcla la interioridad del oyente con las palabras frescas, en vivo, es que vuelve tan palpables sus contenidos. Tan ahí. La radio puede ser muchas cosas, está claro”.
Puede y es muchas cosas. Y entre esas cosas es gente que vive en ella. “Yo escribía novelas y en algún momento se me ocurrió que era un desafío escribir una novela sobre mi realidad inmediata –rememora el autor de La yugoslava-. En ese entonces yo iba a diario a la radio, más que nada a encontrarme con amigos. Pero también hacía una columna de literatura en el programa ‘Transformaciones’ de Jorge Pérez, y además tenía mi propio programa, que era ‘Huevo o Cigota’”.
Así, la incógnita sobre el título de la novela parece develada. Pero no. Como en las consignas de los magazines radiales habrá que esperar al final para obtener la respuesta indicada.
“Y allí me puse a escribir una historia que transcurriera con la radio como pivote, utilizando un poco esas mixturas que uno hace con personajes que conoce y personajes que inventa”.
Celebración de lo habitual
Con el pasar de las páginas, los diálogos y los ambientes –tan reconocibles-, la novela parece confundirse con un diario de la emisora, “como si hubiese una metaficción, una necesidad de ficcionalizar en base a los personajes reales de la radio”… López Brusa me advierte que todo es inventado. Todo. A excepción de los relatos sobre la historia y tradición platenses, para lo cual el autor consultó documentación y anaqueles herrumbrosos de la memoria colectiva local.
“Hay mucho del mundo platense, del mundo de la radio, aprovechado desde el punto de vista ficcional”. En Huevo o Cigota hay, además de una historia que son muchas, decenas de ramificaciones hacia los bordes del mundo platense. Como si la novela, ese objeto impreso rectangular, fuese el cuadrado perfecto de la Plaza Moreno, desde donde fugan las arterias más importantes de la ciudad. En esas fugas, a menudo condensadas en la palabra del comentador que cierra cada capítulo con su opinión o agregado a lo relatado, aparecen las muchas leyendas platenses, la construcción de la ciudad, el centenario, la represión, el patrimonio arbóreo de la ciudad, anécdotas de la fundación y sus héroes… “y la historia básica de la radio, que quizás fuera un poco aburrida, pero que a mí me interesaba porque era una manera de enfocar desde lo vulgar, lo cotidiano, desde la medianía”.
“Yo –me dice López Brusa con su tono imperceptiblemente sarcástico-, por entonces, quería escribir una novela que hablara de la medianía: de la medianía del pensar, del vivir, que no tuviera la necesidad de algo extraordinario”.
Una epifanía de lo cotidiano, una exaltación de lo corriente, de lo llano, lo diario, lo omnipresente, como la radio, como las palabras.
“En una ciudad huérfana de naturaleza como La Plata, que pareciera tener cielo y suelo porque no hay más remedio, que nació ciudad y no poblado ni villorrio ni aldea, hay terreno fértil para las palabras, quizás a falta de otras cosas (una sierra, playas y arena, nieve: se podría pensar en un relieve compensatorio). Una intensa presencia de la palabra sostiene registros que van desde las onomatopeyas y los berridos del niño, y los gritos en general, hasta el punto donde los vocablos se prestigian, de ser esto posible. En cualquier caso están ahí fieles y siempre presentes. Si no cualquiera tome la primera radio que tenga a mano y sintonice una de las dos estaciones de Radio Universidad, FM 107.5 o AM 1390, que ahora, justo ahora, están en el aire. Pruebe, si no”.
Fertilización
Remedios para escribir una novela de seiscientas treinta páginas (podrían haber sido setecientas y pico) y no morir en el intento (a manos de los editores): “creo que, producto de su extensión, la novela tuvo problemas para su edición hasta que encontré la posibilidad económica de editarla, y tuve que invertir dinero en eso –admite el escritor-. Y fue una manera de sacármela de encima, era una manera de que existiese por sí misma, que recibiera las críticas que debía recibir y que dejara el camino allanado para la producción de otra cosa”.
“Yo escribo en todos los tiempos libres que tengo”, dice con naturalidad López Brusa que, además, es profesor de literatura en el Colegio Nacional de La Plata. Pero Huevo o Cigota, me cuenta, no nació en esos tiempos de ocio. En realidad sí, pero en uno más extenso de lo habitual: “la novela surge a partir de un viaje trunco: tenía vacaciones y, en ese entonces, con el uno a uno, había una especie de mandato social para viajar a Europa. Entonces yo me iba solo a Europa con mi mochila y la verdad es que no tenía muchas ganas de irme; tenía ganas de quedarme, levantarme y escribir durante el día. Ya tenía las vacaciones combinadas en todos los trabajos y fue genial porque estuve un mes en mi casa pudiendo escribir: ahí escribí ciento y pico de páginas. Que luego, cuando la novela empezó a decir qué era y empezó a plantear sus propias necesidades, fueron descartadas porque no estaban a tono. Es decir, me permitieron encontrar la historia. Con eso, la novela se hizo una cosa en sí misma y te juro que las primeras noventa páginas las saqué. Pero bueno, sirvió para encontrar la novela”.
En aquel tiempo, López Brusa no tenía hijos, inexcusable condición para quien quiera escribir con continuidad y concentración, según sus propias palabras. “Uno de los dos días del fin de semana lo dedicaba a la escritura; escribía muchas horas porque en realidad escribís un poco, leés, ves al Barcelona contra el Getafe, después hacés zapping con Federer enfrentando a Cilic y después ves cómo termina el partido de Francia contra Australia en rugby y te preparás porque en un rato empieza una pelea… y en el medio escribís”, describe el autor al tiempo que la boca se le curva en una sonrisa cómplice, como quien comparte con su interlocutor vicios inconfesables.
Las magias de la radio: el clivaje
“Pero además –López Brusa me devuelve a la conversación tras el sucinto divague-, la novela aprovecha y recupera muchas de las cosas lindas que pasé en la radio, distorsionadas, deformadas, pero creo que es una novela muy afectiva para con mis amigos de la radio”.
El autor frecuentó Radio Universidad desde 1989 hasta entrada la primera década del nuevo milenio. Convocado por su amigo Horacio Gismondi, López Brusa actuó como columnista en un magazine vespertino y luego en Transformaciones, el programa de Jorge “el Mono” Pérez. Hasta que, a mediados de los noventa, comenzó con Huevo o Cigota, su propio programa literario, que tenía como cortina final a “No es mi despedida”, el hit de Gilda, la deidad de la música tropical. “Era extraordinaria”, al modo de ver del escritor. “Siempre me gustó la cumbia –afirma, con convicción, López Brusa-, mucho antes de que explotara. De adolescente me gustaba, porque en mi adolescencia, durante la dictadura, no me dejaban salir en La Plata, y entonces íbamos a bailar al club Racing de Bavio; era como ir a otro país y ahí se bailaba cumbia: Las Perlas Colombianas, Venus, Milo, Pichilandi. Era como la prehistoria de lo que hoy son las bailantas”.
Huevo o Cigota (el programa de radio), dice su creador, “no era otro cosa que buscar excusas para hablar de literatura”. “Tal vez la radio haya sido la excusa para escribir”, comenta, pensando en voz alta. La cuestión es que nada era demasiado serio: “un día podías escuchar un programa de jazz, al día siguiente uno de la comunidad helénica platense, al otro uno sobre erotismo oriental y el jueves Huevo o Cigota”.
Para salud de propios y extraños, Radio Universidad mutó hacia un perfil más definido y profesional, que la ha convertido en referencia actual de estilo y contenido en la ciudad. “En ese entonces tenía menos años encima y había algo más de barco a la deriva –recuerda López Brusa de su paso por el edificio de Plaza Rocha-. Y los barcos a la deriva en general no llegan a ningún lado pero tiene algo de encanto. Tienen una gratuidad que en definitiva es muy motivadora a la hora de querer estar ahí: uno se permite muchas cosas que quizás la profesionalización las impide. Pasa también con la literatura”.
La primera célula, el punto de encuentro de ambos gametos
En Huevo o Cigota (la novela), López Brusa se permitió narrar una historia de la medianía a partir de historias corrientes, que por no tener límites aparentes, “podría haber seguido por años, podría continuar escribiéndola hoy”. “Pero en algún momento la novela empezó a buscar su final y ya cuando noté que había pegado la curva y que iba camino a sus últimas páginas, sentí que terminaba y terminó sola. Digo, terminó donde debía terminar”, revela, enigmático, su autor. ¿Y dónde termina una historia que es la narración de hechos medianos que, como tales, son inacabables? “Donde la historia había tirado un puente con el otro corte, cuando huevo y cigota fueron lo mismo”.
A ver si nos entendemos. La novela tiene dos cortes: uno horizontal que intercala las historias protagonizadas por personajes de la historia de la radio; y uno vertical en el que cada uno de los capítulos tiene una glosa, un comentador, que va reescribiendo lo que sucedió en el capítulo. “Y en ese juego –explica López Brusa-, la novela también hace un registro de la historia de la radio, de Radio Universidad, del surgimiento de las FM en el mundo”.
Y hete aquí el principio del final: “La novela se llama Huevo o Cigota porque se sabe que huevo o cigota es una suerte de disyunción falsa; en realidad, es una disyunción que reúne elementos que son lo mismo”. Al fin y al cabo, siempre hemos estado hablando de lo mismo.
Nota: Luciano Lahiteau
Fotos: Silvio Barba
Esteban López Brusa nació en la ciudad de La Plata en 1964. Egresado de la carrera de Letras, fue fundador y codirector de la revista de literatura La muela del juicio y se declara “a favor de todos los que quieren hacer algo” en la escritura. “Para mí todo es válido; después, el tiempo va decantando solo. No me gusta ser un policía literario: hay cosas que me gustan y otros que no, pero siempre me gusta que todo el mundo intente hacer algo”. Durante años condujo el programa Huevo o cigota en Radio Universidad de La Plata. Con su primera novela La temporada (1999) fue finalista del Premio Novela Planeta 1996. Tiene un libro de poemas, Dorotea la rosa del 90 (inédito). La yugoslava obtuvo el Primer Premio en el Concurso Nacional de Novela Breve Leopoldo Marechal 2001.
Actualmente ejerce la docencia y ofrece talleres de escritura y de lectura en la ciudad: www.tallereselb.blogspot.com.






